No escribe sobre el placer, ni la tristeza, ni el deseo, ni siquiera sobre el amor; escribe de los labios puros, de la voz de las pequeñas cosas, de las rosas silvestres que brotan en su jardín, de la aguja que borda el pañuelo del amado, del sueño que detiene el tiempo cuando está con él, de la primavera, de la luz, de la paz, de las lágrimas que corren por el pecho de los débiles; de la fugacidad del amor humano verdadero. Despedida inesperada, sorprendente y amarga deja el alma desgarrada pero abierta a la esperanza del reencuentro; el adiós es bello, sin su tormento no podría renacer la alegría; vivir la despedida como una muerte que lleva a la resurrección. Marcharse sin mirar atrás, origen de la espera que mide la cantidad y calidad del amor en distancia, principio para envejecer en el arrepentimiento y embriagarse con el perfume de una vida nueva en una tierra carente de vacíos, donde el tiempo no progresa y no se olvida lo que se quiere y se es leal a lo que se ama; donde simplemente esperar.

Poesía que nos habla de la eternidad del amor como lluvia delgada que rocía el sauce, como la nube azul que persigue el viento, como el fulgor del agua que fluye manteniendo sosegado y estable el caudal del arroyo. La batalla de flores que siempre se pierde para ganar la esperanza.